Economía Gustavo Rodolfo Reija-CEO Netia Group SAS 24/07/2026

Cuando el crédito reemplaza al salario

La crisis de ingresos obliga a las familias a endeudarse para consumo y está generando una crisis de morosidad que excluye del mercado del crédito a millones de argentinos

La morosidad de las familias alcanzó en mayo el 12,7% de la cartera, según las estimaciones sobre la Central de Deudores del Banco Central. Es la decimonovena suba mensual consecutiva. En octubre de 2024 ese indicador era de 2,5%: se multiplicó por más de cinco en menos de dos años, un salto sin antecedentes desde la salida de la Convertibilidad. Cerca de siete millones de personas quedaron, de hecho, fuera del sistema de crédito.

El dato tiene una segunda lectura, más incómoda y más útil. La mora de las empresas se ubicó en 3,5%. Las familias están, en la comparación más directa, casi cuatro veces peor que las firmas. Esa brecha es el verdadero hallazgo del informe: cuando el deterioro se concentra de manera tan asimétrica en los hogares, el problema no está en el crédito sino en el ingreso que debía repagarlo.

Un fenómeno conocido en la literatura

La composición del endeudamiento no es un detalle técnico. Atif Mian, Amir Sufi y Emil Verner, en su trabajo sobre deuda de los hogares y ciclos económicos en 30 países, mostraron que las expansiones del crédito a familias anticipan desaceleraciones del producto y aumentos del desempleo tres o cuatro años después, mientras que el crédito a empresas no exhibe ese patrón. La razón es intuitiva: el crédito productivo genera la capacidad de pago que lo cancela; el crédito al consumo la consume.

Raghuram Rajan había formulado antes la versión política del mismo fenómeno. En su análisis de los años previos a 2008, describió cómo la expansión del crédito a los hogares funcionó como sustituto de la recomposición de ingresos: frente a salarios estancados, el acceso al financiamiento operó como un paliativo que posterga el ajuste sin resolverlo. Y Hyman Minsky aportó la taxonomía que ordena el diagnóstico: una unidad económica que se endeuda para cubrir gastos corrientes, y no para financiar activos que generen flujos futuros, se ubica en el escalón más frágil de la estructura financiera. Aplicada al hogar promedio, la conclusión es directa. Financiar la canasta con tarjeta no es bancarización: es sustitución de salario por deuda.

La experiencia internacional

Corea del Sur ofrece el caso más ilustrativo. Tras la crisis asiática, el gobierno promovió activamente el uso de tarjetas de crédito para sostener el consumo interno mediante incentivos fiscales y una regulación permisiva. El resultado fue una expansión acelerada del crédito a los hogares que terminó en la crisis de las tarjetas de 2003: la morosidad se disparó, el Estado debió intervenir en el rescate de LG Card y el consumo privado se contrajo. Corea corrigió después el rumbo con límites macroprudenciales sobre la relación entre deuda y servicio de la deuda respecto del ingreso, y reorientó el sistema financiero hacia el financiamiento productivo. Brasil transitó un camino parecido entre 2011 y 2013: un ciclo de crédito al consumo que impulsó la actividad, seguido por

una escalada de la morosidad y varios años de desendeudamiento forzoso de las familias.

El denominador común de ambos episodios es que el crédito creció más rápido que la masa salarial que debía sostenerlo. La profundización financiera resultó, en ambos casos, reversible.

El problema de fondo: un sistema financiero superficial

El crédito al sector privado representa en la Argentina alrededor del 12% del PBI, contra un promedio latinoamericano cercano al 47%. La economía no tiene un sistema financiero: tiene una ventanilla. La expansión reciente —que llevó el stock desde mínimos históricos hasta ese 12%— fue presentada como evidencia de normalización. Pero Alexander Gerschenkron ya había señalado que, en las economías de industrialización tardía, el sistema bancario cumple una función específica: canalizar ahorro hacia la inversión productiva. La deuda de los hogares para consumo corriente no cumple ninguna de esas funciones; a lo sumo adelanta demanda.

La autoridad monetaria sostiene que el fenómeno es transitorio, propio del nacimiento de un mercado de crédito tras años de ausencia de financiamiento. La objeción no es menor pero es incompleta. Un mercado de crédito nace cuando crecen los ingresos que lo respaldan. Si nace apalancado sobre salarios estancados, la mora no es un costo de aprendizaje: es información. Los indicadores lo confirman con nitidez: 14,9% de irregularidad en préstamos personales, 32,2% en entidades no financieras, y casi cuatro de cada diez menores de 35 años con créditos vigentes registran al menos una obligación en situación irregular.

Estabilizar no es desarrollar

La desinflación es una condición necesaria del desarrollo, no su equivalente. Bajar la inflación de tres dígitos a treinta puntos es un logro macroeconómico verificable; suponer que el resto sobreviene por añadidura es un error de secuencia. Sin política de crédito productivo, sin recomposición del ingreso real y sin una estrategia industrial que amplíe la base imponible y el empleo formal, el consumo no se financia con expectativas: se financia con tarjeta, hasta que la restricción se vuelve operativa.

La agenda que sugiere la evidencia comparada es concreta: reorientar el crédito hacia la inversión y el capital de trabajo, incorporar instrumentos macroprudenciales que acoten el endeudamiento de los hogares en relación con su ingreso —como hicieron Corea, Israel y Polonia— y atender la recomposición salarial como variable financiera, no solo social. La mora récord de las familias no es un accidente del ciclo. Es la factura de haber confundido estabilización con desarrollo, y llegó antes de lo previsto.

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