
La mitad de los chicos argentinos son pobres y el 30% no come todos los días: el número que el relato oficial no puede tapar


La Newsletter de Gustavo Reija - Economista y CEO de NETIA GROUP
4 informes exclusivos cada mes, con el análisis de las tendencias macroeconómicas y políticas con perspectivas sobre mercados financieros y su impacto en la industria. Recomendaciones estratégicas para inversores y empresarios.
Suscripción con MERCADOPAGO
Hay una tentación comprensible en el número: 53,6% es menos que 62,9%. La tentación de decir "estamos mejorando". Y sí, técnicamente, hay mejora. El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA lo confirma: la proporción de menores de 17 años por debajo de la línea de pobreza retrocedió casi diez puntos desde el pico de 2023. La indigencia infantil bajó a 10,7%, acercándose a los registros de 2017-2018. Aplaudan los que quieran.
Pero antes de aplaudir conviene hacer zoom. Porque la serie histórica que la propia UCA presenta no dice "victoria". Dice otra cosa, bastante más incómoda: en 2010, cuando arranca la medición, el dato era 45,2%. Quince años después estamos ocho puntos arriba. Argentina mejoró respecto del abismo de 2024 y se deterioró respecto de la línea de partida. Es como felicitar a alguien que pasó de deber cien mil dólares a deber ochenta mil, olvidando que cuando empezó no debía nada.
El hambre como política de Estado por omisión
El dato más brutal del informe no es el de pobreza. Es el de alimentación. Casi tres de cada diez menores de edad experimentaron inseguridad alimentaria el año pasado, y un 13,2% la padece en su versión más severa. Traducido al castellano cotidiano: hay chicos que en la Argentina de 2025 no comieron regularmente. No por elección. No por descuido de sus padres. Porque el ingreso del hogar no alcanza para completar las cuatro comidas.

Y acá viene la paradoja que debería avergonzar a todo el arco político: la asistencia alimentaria gratuita —comedores escolares, comunitarios, Tarjeta Alimentar— trepó al 64,8%, el registro más alto de la historia. El Estado cubre como nunca. Y sin embargo, la inseguridad alimentaria sigue sin volver a los niveles previos a 2017.
¿Cómo se explica? La investigadora Ianina Tuñón lo formula con precisión clínica: las transferencias monetarias no fueron diseñadas para cubrir por completo los ingresos del hogar, sino para equiparar el salario familiar de un trabajador formal con el de uno informal. En castellano: la AUH no fue pensada para reemplazar un sueldo. Fue pensada para complementar un empleo que cada vez más familias no tienen.
La trampa del asistencialismo sin producción
Ahí está el nudo gordiano que ningún gobierno desde 2010 se atrevió a cortar. La cobertura de la AUH alcanza al 42,5% de la población infantil —3,3 puntos menos que el año anterior, dato que merece atención—, pero el problema no es la cobertura del programa. El problema es la estructura productiva que debería generar los puestos de trabajo formales que harían innecesario transferir dinero a seis de cada diez hogares con menores.
Y este punto conecta directamente con el diagnóstico que Ricardo Arriazu acaba de hacer público: los sectores que crecen —energía, minería, agro— generan divisas pero absorben poca mano de obra. Los que se contraen —industria, construcción, comercio— son los grandes empleadores. Son los sectores donde trabajan los padres y las madres de esos chicos que la UCA cuenta como pobres.
La motosierra cortó gasto. Pero no construyó empleo. Y sin empleo formal, la transferencia monetaria es un respirador artificial: mantiene vivo al paciente, pero no lo cura. Corea del Sur redujo su pobreza infantil del 17% al 5% en una década, no duplicando subsidios sino triplicando la inversión en formación técnica, industria exportadora y empleo juvenil. Chile lo hizo con Chile Crece Contigo, articulando salud, educación y empleo materno en un solo dispositivo. Argentina sigue operando con programas desconectados, presupuestos congelados y una fórmula previsional que ajusta con rezago.
El dato que falta en todas las planillas
El informe de la UCA registra también que el 18,1% de los menores vive en construcciones precarias. Que el 42% habita en hogares sin saneamiento adecuado. Que casi cuatro de cada diez enfrentan carencias en vestimenta. Y que el 19,8% dejó de ir al médico o al dentista por razones económicas.
Son números que describen una deuda multidimensional. No es solo ingreso. Es vivienda, salud, alimentación, ropa, dignidad. Y es una deuda que se concentra geográficamente —otra vez el Conurbano, otra vez el AMBA— y se reproduce generacionalmente: un chico que come mal, vive hacinado y no accede al dentista no tiene las mismas chances de insertarse productivamente a los 18 años que uno que creció con las cuatro necesidades resueltas. La desigualdad de origen se convierte en desigualdad de destino. Y la desigualdad de destino se convierte en gasto social futuro que el Estado va a tener que financiar con deuda, con emisión o con más ajuste.
No alcanza con medir mejor. Hay que producir más.
La tentación del oficialismo será celebrar la baja. La tentación de la oposición será denunciar el nivel. Ambas tentaciones son cómodas y ambas son insuficientes.
Lo que el dato de la UCA grita —para quien quiera escucharlo— es que Argentina lleva quince años intentando resolver pobreza infantil con transferencias de ingreso. Y las transferencias sirvieron para evitar la catástrofe, pero no para revertir la tendencia. El piso sube cada década. El máximo sube cada crisis. La línea de largo plazo es ascendente.
La única variable que puede quebrar esa curva es el empleo formal de los adultos que sostienen esos hogares. No la AUH. No la Tarjeta Alimentar. No el comedor. Empleo. Productivo. Registrado. Con aportes.
Y eso requiere exactamente lo que el programa económico actual se resiste a pronunciar: política industrial activa, crédito productivo dirigido, formación técnica articulada con la demanda del aparato productivo, y una estrategia de desarrollo que no dependa exclusivamente de que Vaca Muerta, el litio y la soja generen divisas suficientes para gotear bienestar hacia abajo.
El goteo no llega. Nunca llegó. Quince años de datos lo demuestran. El 53,6% de los chicos argentinos es la factura de un modelo que estabiliza la macro y abandona la micro. De un país que acumula reservas mientras vacía comedores. De una economía que exporta energía mientras importa hambre.
Esa es la discusión que falta. Y cada día que se posterga, un chico más entra a la estadística.
Redacción 13News

La madre de todas las industrias trabaja a media máquina: la metalurgia perforó el piso de la pandemia
Economía en K: el país que crece para unos pocos y se rompe para la mayoría
El derrame que nunca llegará: importan una ciudad china entera y a las pymes argentinas ni las dejaron competir

La trampa de Caputo: prometió eliminar impuestos con un crecimiento que su propio plan hace imposible
El derrame que nunca llegará: importan una ciudad china entera y a las pymes argentinas ni las dejaron competir
Economía en K: el país que crece para unos pocos y se rompe para la mayoría
La madre de todas las industrias trabaja a media máquina: la metalurgia perforó el piso de la pandemia


