El derrame que nunca llegará: importan una ciudad china entera y a las pymes argentinas ni las dejaron competir
Esta semana hubo un terremoto en el empresariado nacional. La noticia de que un megaproyecto minero importará desde China una ciudad entera prefabricada para alojar a sus trabajadores derrumbó, de un golpe, una de las promesas centrales del nuevo ciclo exportador: que las inversiones en minería y energía funcionarían como locomotoras de una red de proveedores locales capaces de generar empleo y desarrollo regional. La teoría del derrame, tantas veces invocada, no encuentra correlato en los hechos.
"Directamente no nos dejaron competir. Ni siquiera fuimos invitados a participar", denunció Leandro Seoane, vicepresidente de la Cámara Argentina de Construcción Modular e Industrializada. La frase resume el malestar de un sector que esperaba que el boom minero le abriera la puerta y se encontró con la puerta cerrada. En distintos rubros industriales no descartan que la minera —que opera un proyecto de inversión de u$s18.000 millones— haya utilizado esta licitación como caso testigo para enviar una señal inequívoca: no habrá margen para flexibilizar la elección de proveedores y la integración local no será una prioridad.
Sin derrame y con un mercado de trabajo en retroceso
El problema es que la señal llega en el peor momento. Entre 2023 y 2025 la caída del empleo privado formal fue generalizada en casi todo el país: 318 de los 498 departamentos registraron bajas, según un informe del Programa de Capacitación y Estudios sobre Trabajo y Desarrollo (CETYD) de la Universidad Nacional de San Martín. El dato más incómodo para el oficialismo es que, pese al relato de la "desconurbanización virtuosa", en el interior se pierde más empleo que en el conurbano bonaerense.
El NEA fue la región más golpeada, con una caída del empleo formal del 7,1%. Le siguieron el NOA (-3,4%), Cuyo (-2,2%), la Patagonia y el AMBA (ambas cerca del 2%) y la región Centro (-1,8%). Las pequeñas ciudades y los departamentos rurales sufrieron un retroceso del 3,9%, más del doble que los grandes centros urbanos. "No hay evidencia de una desconurbanización virtuosa del empleo", concluye el especialista Matías Maito, autor del trabajo. La promesa de que los trabajadores expulsados del conurbano encontrarían su lugar en Neuquén, Catamarca o San Juan choca, por ahora, contra los números.
La destrucción de puestos no se detiene. Solo en marzo se perdieron 10.728 empleos asalariados y 17.685 monotributistas frente a febrero, según el Sistema Integrado Previsional Argentino. El total de empleos asalariados destruidos durante la actual gestión ya supera los 300.000.
El industricidio tiene tipo de cambio apreciado
A la falta de derrame se suma un problema que el discurso oficial prefiere no nombrar: la pérdida de competitividad cambiaria. Mientras el Gobierno celebra la acumulación de reservas y la desaceleración de la inflación, el atraso del tipo de cambio real erosiona a la industria que debería traccionar el empleo. Según datos de Fundar, Argentina se encareció un 10% en dólares durante el primer trimestre del año, mientras América Latina se abarató un 0,7% en moneda dura. La ecuación es demoledora: las empresas locales compiten contra países que subsidian su producción y, encima, con un peso caro.
Es la lógica del industricidio en cámara lenta. La combinación de apertura comercial sin gradualismo, enfriamiento de la demanda interna y ausencia total de incentivos a la integración productiva configura un escenario donde hasta las actividades que deberían ganar con el ciclo exportador terminan perdiendo. La importación de una ciudad entera no es una anécdota: es la fotografía de un modelo que entiende el desarrollo como la suma de enclaves exportadores desconectados del entramado productivo nacional.
Estabilizar no es desarrollar
Acá está el núcleo del problema. Bajar la inflación es una condición necesaria, pero no suficiente. Una economía no se ordena solo con equilibrio fiscal y desinflación: se ordena con trabajo, con producción, con un Estado inteligente que oriente la inversión hacia el desarrollo en lugar de limitarse a desregular y esperar el derrame que nunca llega.
Lo que estamos viendo es la motosierra sin incubadora: un ajuste profundo sin una segunda etapa que reconstruya capacidades productivas. El resultado no es un país más competitivo, sino un empobrecimiento administrado, prolijo en las planillas y devastador en los territorios.
"Todos los días pasan un montón de chicos dejando currículums. Eso te parte al medio", resumió, emocionado, el industrial Javier Viqueira. "El trabajo es un ordenador." Tenía razón. Una sociedad sin trabajo no se ordena: se fragmenta. Y ninguna ciudad importada, por más prefabricada y eficiente que sea, puede reemplazar el tejido que se está perdiendo.