
Arriazu admitió lo que venimos diciendo: el programa Milei destruye empleo más rápido del que crea


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El lunes, en un seminario de BlackToro Asset Management, Ricardo Arriazu —uno de los economistas más escuchados por el Gobierno— sostuvo que “la destrucción es más rápida que la creación” y que el desempleo en el Gran Buenos Aires es el principal riesgo político del programa económico de Javier Milei.
El diagnóstico de Arriazu es preciso: los sectores que crecen —energía, minería, agro— generan divisas pero emplean poca mano de obra, mientras que los que se contraen —industria, construcción, comercio— son los grandes empleadores y están concentrados geográficamente en el conurbano bonaerense. Su receta incluye bajar la tasa de interés, activar la Asignación Universal por Hijo, reforzar el seguro de desempleo y reinstalar obra pública focalizada.
Es exactamente el diagnóstico que venimos planteando desde el desarrollismo inteligente hace veinticuatro meses. Con una diferencia: nosotros lo escribíamos cuando todavía se podía hacer algo distinto. Arriazu lo dice ahora, cuando el conurbano ya perdió 96.243 puestos registrados y la desocupación trepó al 9,5% en el cuarto trimestre de 2025, según datos del CEPA que ningún analista ortodoxo discute.


Los números que el coro prefirió no ver
La tasa de empleo cayó 0,7 puntos a nivel nacional. En el AMBA duplicó esa cifra. No son datos nuevos: están publicados hace meses. La ironía no es con el economista. Arriazu acaba de hacer lo que la mayoría de sus colegas no se anima: reconocer ante inversores que el programa tiene un agujero productivo. La ironía es con el coro que hasta la semana pasada calificaba de “populismo setentista” exactamente el mismo diagnóstico cuando lo hacíamos nosotros.
Lo importante ahora no es quién llegó primero. Es si el diagnóstico se traduce en política.
Herramientas técnicas, no concesiones ideológicas
Las compensaciones que menciona Arriazu —AUH reforzada, seguro de desempleo, obra pública focalizada— no son concesiones ideológicas. Son piezas técnicas de transición que cualquier programa serio de reconversión productiva contempla desde el primer capítulo. Corea, Chile e Israel las usaron. Brasil las canalizó vía BNDES. Argentina las tiene en la ley, no en el presupuesto ejecutado.
La paradoja coincide con los datos que publicamos hace dos semanas: el BCRA acumuló USD 6.020 millones en reservas, la industria cayó 8,7% interanual en febrero y la morosidad familiar tocó 11,2%, máximo desde 2004. Los dólares entran. Los empleos no. Son dos economías paralelas que comparten territorio pero no circuito.
Schumpeter, motosierra y calendario electoral
Toda reconversión destruye empleo antes de crearlo; Schumpeter lo describió hace un siglo. El problema argentino es hacerlo sin los dispositivos de transición que todas las economías comparables usaron para no romper el tejido social. La motosierra no es una política: es un instrumento. Sirve para cortar, no para construir lo que falta.
Arriazu subió al 50% la probabilidad de éxito del programa, frente al 30% que asignaba hace un año. Pero ese éxito, según él mismo, depende de superar el cuello de botella del conurbano. Y ese cuello se aprieta cada mes que no se implementan las compensaciones que él ahora pide.


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