
Encajes, remonetización y trampa estructural: lo que el BCRA resuelve y lo que la Argentina del desarrollo todavía no tiene


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El diagnóstico mediático: plausible en la superficie, incorrecto en el fondo
La reducción de cinco puntos porcentuales en los encajes bancarios —operativa desde el 1° de abril— disparó una lectura dominante en buena parte del ecosistema mediático-financiero: el Gobierno inyecta pesos, impulsa el consumo, eleva el tipo de cambio. El relato tiene coherencia narrativa. Carece de precisión técnica.
Los encajes de cuentas a la vista quedan en 45% —desde el 50% previo—, con una exigencia de 31,5% en efectivo y el resto integrable con bonos del Tesoro. El mecanismo de transmisión real es radicalmente distinto al que describe la narrativa expansiva: los bancos no vuelcan circulante al mercado. Redirigen voluntariamente la liquidez liberada hacia instrumentos de mayor duración —LECAPs, bonos del Tesoro con duration extendida—, expresando con ello una expectativa privada de desinflación sostenida y compresión de la prima de riesgo soberana. En la autoridad monetaria esperan que esta decisión no implique en los hechos un incremento de la emisión monetaria, ya que el porcentaje de encajes que se libera podía ser integrado con la compra de títulos públicos.


No hay expansión de base monetaria. Hay normalización de la arquitectura de liquidez interbancaria. La diferencia no es semántica: es la diferencia entre un cambio de régimen y la ejecución de un cronograma previamente anunciado.
El 15 de diciembre de 2025: la hoja de ruta que el análisis de corto plazo ignora
El BCRA anticipó desde el 15 de diciembre de 2025 que continuaría avanzando con el proceso de normalización gradual de la política de encajes, señalando que las modificaciones se llevarían a cabo de manera consistente con la estabilidad de precios y con la recuperación de la intermediación financiera. La medida de abril no es una improvisación táctica ante presiones de demanda o electorales: es la ejecución puntual del paso siguiente en un proceso técnico diseñado cuatro meses antes.
La génesis de ese proceso es igualmente precisa. En los meses previos a las elecciones legislativas de octubre de 2025, el equipo económico había implementado un apretón monetario para limitar la cantidad de pesos circulante, lo que derivó en un faltante de liquidez en el mercado y, en consecuencia, en una suba de las tasas de interés, elevando los encajes bancarios. La baja de abril es la corrección simétrica, técnicamente motivada, de esa restricción de emergencia. Descomprimida la emergencia electoral, se descomprime el instrumento de emergencia. La lógica es lineal y coherente.
La arquitectura monetaria 2026: rígida en su disciplina, precisa en sus objetivos
El marco cuantitativo del programa es lo suficientemente explícito como para ser evaluado con rigor:
- Base monetaria: expansión proyectada del 4,2% al 4,8% del PBI hacia diciembre de 2026
- Acumulación de reservas: aproximadamente USD 10.000 millones en el escenario base; hasta USD 17.000 millones con un incremento de la demanda de dinero del 1% del PBI, sin requerir esfuerzos sostenidos de esterilización
- Sesgo monetario: contractivo relativo a la trayectoria de demanda, con desinflación estructural como resultado
- Instrumentos de gestión: operaciones de mercado abierto con LECAPs y repos con instituciones financieras para regular la emisión derivada del programa de compra de reservas
La remonetización no opera por emisión discrecional. Opera por recuperación endógena de la demanda de dinero: el sector privado decide incrementar sus tenencias en pesos a medida que la inflación cede, y el BCRA acompaña ese proceso acumulando reservas. El mercado lee la flexibilización parcial de encajes como clave para acotar la volatilidad de las tasas en pesos de corto plazo, un objetivo instrumental que alinea el costo del crédito bancario con la trayectoria de recuperación de la inversión privada.
En sus propios términos, el esquema es internamente consistente. Esa consistencia interna es, paradójicamente, el punto de partida del análisis crítico más relevante.
El problema estructural que ningún comunicado del BCRA puede resolver
La tradición analítica que conecta a Prebisch con Furtado —y que informa las experiencias exitosas de industrialización tardía en Israel (1985), Brasil post-Real y el sudeste asiático— enseña una lección que la historia económica argentina ha pagado con ciclos recurrentes de crisis: la estabilización macroeconómica es condición necesaria pero estructuralmente insuficiente para el desarrollo. Ninguna de las variables que el programa gestiona con notable disciplina —inflación, tipo de cambio, reservas, crédito privado— resuelve por sí sola la restricción externa de largo plazo ni la heterogeneidad estructural del aparato productivo.
Los datos actuales son elocuentes en su tensión interna:
- Consumo de bienes importados: suba del 54% interanual, expresión estadística de una apertura comercial que, sin política industrial complementaria, canaliza la recuperación de la demanda hacia producción externa
- Industria manufacturera: capacidad instalada subutilizada, con sectores que permanecen 4,9 puntos porcentuales por debajo del nivel de noviembre de 2023
- Mercado laboral: informalidad persistente como válvula de ajuste de una estructura que no genera suficiente demanda de trabajo calificado
- Canasta exportadora: concentrada en energía y agro, con complejidad tecnológica estancada
Estos fenómenos no son perturbaciones cíclicas corregibles por política monetaria. Son manifestaciones de desequilibrios estructurales —la vieja restricción externa prebischiana en su versión siglo XXI— que requieren intervención deliberada en el plano productivo.
El crédito privado como puente: necesario, pero sin destino estratégico
La autoridad monetaria anticipó una normalización gradual de los encajes y una administración más activa a través de operaciones de mercado abierto con LECAPs y repos, sin mecanismos automáticos de absorción, en el marco de una estrategia que aspira a que el crédito privado sea el motor de la expansión de la actividad. El razonamiento tiene mérito parcial: la intermediación financiera normalizada es condición para la inversión privada. Pero la evidencia comparada de transformaciones productivas exitosas indica con consistencia que el crédito privado desregulado, sin arquitectura de fomento, tiende a reproducir la estructura productiva existente antes que a transformarla.
La banca privada asigna capital donde percibe rentabilidad y riesgo aceptables en horizontes de corto y mediano plazo. Las inversiones en sectores de alta complejidad tecnológica —con maduración larga y externalidades positivas no apropiables privadamente— requieren instrumentos que el mercado no provee espontáneamente: banca de desarrollo capitalizada, fondos de capital de riesgo con participación pública, garantías soberanas para proyectos estratégicos, créditos dirigidos con tasa subsidiada hacia sectores prioritarios. Ninguno de estos instrumentos figura en la agenda del programa actual.
La segunda fase: presente en el discurso, ausente en la arquitectura institucional
El Vaca Muerta energético avanza por su propia lógica de rentabilidad privada extraordinaria, potenciada por el conflicto del Golfo Pérsico y el barril por encima de los USD 110. El agro liquida divisas estacionalmente con una campaña excepcionalmente favorable. El RIGI atrae inversiones en sectores intensivos en recursos naturales. Ninguno de estos vectores es desdeñable: generan divisas, empleo directo e indirecto, y encadenamientos productivos reales.
Pero tampoco configuran, por sí solos, una estrategia de diversificación productiva con contenido tecnológico creciente. Son, en el mejor de los casos, la base de acumulación de divisas que podría financiar —si existiera la voluntad y la arquitectura institucional para hacerlo— una política deliberada de desarrollo industrial. La pregunta que el programa no responde es qué se hace con esa base.
Conclusión: estabilización lograda, desarrollo pendiente
La normalización de encajes del BCRA es técnicamente impecable, monetariamente neutral y conceptualmente coherente con la hoja de ruta del 15 de diciembre de 2025. Reconocerlo sin ambigüedades es el punto de partida de cualquier análisis serio. La estabilización argentina de 2024-2026 es un logro real que merece evaluación rigurosa, no condescendencia ideológica.
Pero la Argentina que emerge de esta estabilización enfrenta la misma encrucijada estructural que ha enfrentado cíclicamente desde mediados del siglo XX: construir deliberadamente las capacidades productivas que le permitan crecer sin restricción externa recurrente, o repetir el ciclo conocido —estabilización, apertura, apreciación cambiaria, déficit de cuenta corriente, crisis—. La baja de encajes del BCRA no determina cuál de esos caminos se tomará. La ausencia de la segunda fase en la agenda de política económica sí anticipa, con preocupante claridad, cuál es el riesgo dominante.
La estabilización fue necesaria. Sigue siendo insuficiente. Y el tiempo para construir la segunda fase no es infinito.
Gustavo Rodolfo Reija-CEO Netia Group SAS

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