La industria textil argentina perdió 659 empresas y 20.700 empleos: la apertura importadora sin estrategia de transición destruye


La Newsletter de Gustavo Reija - Economista y CEO de NETIA GROUP
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Mientras el Gobierno celebra la baja de la inflación, el sector con mayor presencia federal del país se desangra en silencio. Producción textil desplomada 33%, siete de cada diez máquinas detenidas y locales vacíos que se multiplican en los principales corredores comerciales. Los números que cambian el debate.
Los datos son demoledores y no admiten maquillaje retórico. La producción industrial textil se desplomó 33% interanual en febrero de 2026 y acumula una caída de 36% respecto del mismo mes de 2023. La fabricación de prendas de vestir, cuero y calzado descendió 18% frente a 2025 y 20% frente a 2023. Siete de cada diez máquinas permanecen detenidas. Y el dato que debería encender todas las alarmas: 659 empresas cerraron sus puertas en dos años, lo que equivale al 11% del total de establecimientos productivos del sector. No se trata de una contracción cíclica. Es una destrucción estructural del entramado productivo.
El informe de la Fundación Pro Tejer, que dominó la conversación económica en redes sociales durante las últimas 48 horas, expone algo más que una crisis sectorial. Revela el costo concreto, medible y humano de una apertura comercial ejecutada sin estrategia de transición. Más de 20.700 puestos de trabajo registrados desaparecieron de la cadena textil, indumentaria, cuero y calzado entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025. Eso posiciona a este sector como la actividad con mayor pérdida porcentual de empleo formal de toda la economía argentina en los últimos dos años.


La postal urbana de la desindustrialización
La crisis dejó de ser un dato estadístico para convertirse en paisaje urbano. Según la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, en el primer bimestre de 2026 se registraron 284 locales vacíos en las principales áreas comerciales porteñas, con un incremento de 38,5% interanual. En Avenida Cabildo, los locales vacíos se dispararon 177,8%. Los locales en alquiler aumentaron 158,8%. Detrás de cada persiana baja hay una historia de inversión truncada, de empleos evaporados, de capacidad productiva que no vuelve.
Casos emblemáticos refuerzan el cuadro. La fábrica de Cocot y Dufour cerró y dejó en la calle a 140 trabajadores. Owoko, marca de indumentaria infantil, pidió concurso preventivo con deudas superiores a $2.800 millones. Fantome Group, fabricante de Kevingston, Kappa y Reebok, entró en concurso tras perder contratos porque sus clientes reemplazaron producción nacional por importaciones de producto terminado. No son anécdotas: son síntomas de un cambio de modelo que nadie votó explícitamente.
El factor que nadie pondera: la apertura sin contraparte
Las importaciones de ropa y confecciones crecieron 185% en cantidades durante 2025 y la tendencia se profundiza en 2026, muchas veces a valores por debajo de los precios de referencia internacionales. Las compras vía courier se expandieron 274% interanual. El informe de Pro Tejer lo dice sin eufemismos: las condiciones sugieren competencia desleal, asociada al debilitamiento de instrumentos de regulación comercial y control aduanero.
Aquí reside la paradoja central que el modelo económico vigente no quiere confrontar. Se abrieron las importaciones sin reducir previamente la presión tributaria sobre la producción local. Se desreguló el comercio exterior sin coordinar una transición que protegiera el empleo durante el ajuste. Se dejó apreciar el tipo de cambio real mientras la industria financiaba su operación a tasas de interés que duplican la rentabilidad de cualquier actividad productiva.
Lo que revelan los 80.000 empleos industriales perdidos
El cuadro textil no es un caso aislado. La industria argentina perdió 79.672 puestos de trabajo registrados desde diciembre de 2023, según el Observatorio de Industriales Pymes Argentinos. En el arranque de 2026, el 97% de los empleos destruidos en el sector privado corresponden a la industria manufacturera. Daniel Rosato, presidente de ese observatorio, lo define con precisión quirúrgica: Argentina reconvirtió su modelo de empleo y desarrollo en uno extractivista y primario.
Esto conecta directamente con la economía dual que este espacio viene analizando. Los sectores que crecen son capital-intensivos: petróleo, gas, minería, agro exportador. Los que se destruyen son trabajo-intensivos: textil, indumentaria, electrodomésticos, muebles, construcción, comercio minorista. Los primeros aportan divisas pero no empleo masivo. Los segundos generan empleo pero necesitan mercado interno. Sin un puente deliberado entre ambos mundos, lo que queda es una economía que exporta recursos naturales e importa todo lo demás, incluido el desempleo.
La pregunta que falta en el debate público
El sector textil invirtió récord durante el ciclo 2021-2023 en modernización tecnológica. Esas máquinas hoy están paradas. Esa inversión se destruyó sin que ningún análisis costo-beneficio lo justifique. La apertura comercial puede ser una herramienta legítima de política económica, pero ejecutada sin gradualismo, sin compensación fiscal y sin estrategia industrial, no es apertura: es desmantelamiento.
La pregunta no es si Argentina debe integrarse al mundo. Claro que debe. La pregunta es si puede permitirse destruir 660 empresas y 20.000 empleos formales en un solo sector sin que eso impacte en el consumo, en la recaudación, en la cohesión social y, eventualmente, en la propia sostenibilidad del programa económico. Los datos de consumo masivo de marzo, con caídas de 5,1% interanual y supermercados retrocediendo 7%, ya están dando la respuesta.
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