El Juego de Tronos de la Inteligencia Artificial: Génesis de una nueva era
Dentro de unas décadas, los libros de historia contarán esta gesta como una de las más determinantes de nuestro tiempo
Dentro de unas décadas, los libros de historia contarán esta gesta como una de las más determinantes de nuestro tiempo. Una guerra silenciosa, librada entre inventores, científicos, empresarios y las grandes potencias tecnológicas del siglo XXI, por ser los primeros en alcanzar la Inteligencia Artificial General (AGI). En este juego no hay solo están en juego fortunas colosales, sino el porvenir de nuestras profesiones, de nuestras sociedades, incluso de nuestra humanidad.
Este relato no transcurre en campos de batalla, sino en laboratorios, mansiones en Silicon Valley, y comités privados donde las decisiones se codifican en lenguaje de programación y contratos de inversión. Sus protagonistas no visten armaduras, pero están revestidos de ambiciones cósmicas y visiones oscilantes. Son los nuevos titanes del mundo: Altman, Musk, Hassabis, Suleiman, Zuckerberg, Nadella y Pichai. Y como en toda gran saga, hay traiciones, alianzas rotas, augurios y apuestas.
Todo comenzó en 2010, cuando dos jóvenes británicos, Demis Hassabis y Mustafa Suleiman, convencidos de que la AGI era alcanzable, fundaron DeepMind. Su plan era simple y revolucionario: enseñar a las máquinas a ganar en juegos complejos para luego educarlas en cualquier campo del saber humano. Fue el primer intento de construir una inteligencia superior al hombre, con conciencia de su poder.
Posteriormente en Silicon Valley Musk y Larry Page, en su momento aliados en DeepMind, discutieron acaloradamente en una fiesta privada sobre el destino de la humanidad. Musk, temiendo que las máquinas dominasen Marte o suplantaran al ser humano, se apartó del proyecto. De esa ruptura nació una nueva fuerza: OpenAI. Musk y Sam Altman fundaron una organización sin fines de lucro para desarrollar AGI y entregarla al mundo en código abierto. Pero esta alianza, como siempre, encontró grietas: años más tarde, Altman transformó OpenAI en una entidad con fines comerciales, asociándose con Microsoft y desatando la furia de Musk, quien demandaría a su propia criatura.
Mientras tanto, las grandes tecnológicas comenzaron a cazar talento científico como si fueran estrellas de la NBA. Google adquirió DeepMind por 650 millones de dólares, fichando a genios como Geoffrey Hinton. Facebook, rezagado, intentó competir con modelos fallidos como BlenderBot. Y Microsoft, silencioso y paciente, esperó su oportunidad.
En 2019, Satya Nadella decidió apostar por OpenAI con una inversión inicial de mil millones. Luego, vendría el golpe maestro: el lanzamiento de ChatGPT, la aplicación más viral de la historia. OpenAI había lanzado ChatGPT como una demo menor, una “investigación sin pretensiones”. Pero en días, fue utilizado por millones. El mundo quedó hipnotizado, desafiando directamente a Google en su terreno más sagrado: las búsquedas por la WWW.
El pánico hizo que Google improvisara un anuncio de su modelo Bard pero la demo contenía datos incorrectos, y las acciones de Alphabet se desplomaron. Aquel desliz fue interpretado como un síntoma complicada. Y cuando lo intentó de nuevo con Gemini, una demo editada artificialmente volvió a dañar su imagen.
Meta, mientras tanto, quería recuperar terreno. Zuckerberg comprendió que la IA era la nueva tierra prometida. Liberó sus modelos LLaMA en formato open source, apostando a que el ecosistema preferiría herramientas libres a las cerradas. Este movimiento le dio aire y el título de pionero ético en un mundo donde la IA amenaza con monopolios brutales.
Y mientras tanto, otros reinos crecían en las sombras. Anthropic, fundado por exmiembros de OpenAI, emergió como competidor silencioso con el apoyo de Google y Amazon. Mistral, desde Europa, prometía IA potente y abierta. Y Inflection, liderada por el propio Suleiman, fue absorbida por Microsoft en un movimiento que colocó a Suleiman como CEO de Microsoft AI, sellando así el regreso de uno de los fundadores de DeepMind al trono, bajo otra bandera.
En medio de todo esto, NVIDIA se convirtió en la infraestructura que alimenta a todos. Como los fabricantes de palas durante la fiebre del oro, vendieron los chips que hacen posible entrenar los grandes modelos de lenguaje. Su valor bursátil se disparó.
Pero las tensiones no han desaparecido. En 2023, el consejo de OpenAI despidió repentinamente a Sam Altman. Microsoft reaccionó con velocidad: ofreció oficinas, recursos y respaldo para fundar una nueva OpenAI en cuestión de horas. Pero Altman, el Littlefinger de esta saga, tejió su red de apoyos. Los únicos que se marcharon fueron los consejeros que lo habían destituido.
En 2024, los reinos se reconfiguraron. OpenAI y Microsoft lideran, pero confían plenamente el uno en el otro? Google vuelve a encender su llama y Meta sigue avanzando como un ejército de código libre.
Esta es la gran historia de nuestra era. Un Juego de Tronos sin espadas, pero con algoritmos. Un relato de poder, talento, codicia y visiones cruzadas sobre el futuro. El desenlace es incierto, pero la partida está en marcha. Y tú estás vivo para verla sentado en el sillón de tu casa este 2025, en medio de espectáculos guerra y algoritmos que te observan. Bienvenido al siglo de la inteligencia artificial súbete a sus múltiples oportunidades y evita sus riesgos.
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