¿Replanteo de estrategia o acentuar el enfrentamiento? Un gobierno sin control legislativo en una Argentina convulsa
El Congreso de la Nación se ha convertido en el epicentro de una tormenta política que amenaza con descarrilar el ambicioso proyecto de Javier Milei para Argentina. El presidente, que llegó al poder con promesas de una revolución libertaria, se encuentra ahora atrapado en un laberinto legislativo que pone en jaque su capacidad para gobernar y materializar sus propuestas.
La reciente aprobación en el Senado de una nueva fórmula de movilidad jubilatoria, impulsada por la oposición, ha expuesto de manera cruda las limitaciones del oficialismo en el terreno parlamentario. Con apenas 7 senadores de un total de 72, La Libertad Avanza (LLA) enfrenta una realidad matemática implacable que dificulta la aprobación de sus iniciativas y lo deja vulnerable ante una oposición que, aunque fragmentada, ha encontrado en el rechazo a las políticas de Milei un punto de convergencia.
Esta derrota legislativa no es un hecho aislado, sino el síntoma más reciente de un problema estructural que aqueja al gobierno: la falta de una estrategia efectiva de coordinación y negociación parlamentaria. El Ejecutivo, acostumbrado a un estilo de comunicación confrontativo y poco dado al diálogo, parece haber subestimado la importancia de tejer alianzas y construir consensos en un Congreso donde no tiene mayoría.
La situación en la Cámara de Diputados no es más alentadora para el oficialismo. Las internas dentro del bloque de LLA, evidenciadas por la salida de legisladores y escándalos como la visita de diputados a represores condenados, han minado la cohesión del espacio y complicado aún más la aritmética legislativa. El presidente de la Cámara, Martín Menem, enfrenta el desafío de mantener unido a un bloque heterogéneo mientras intenta tender puentes con los llamados "dialoguistas", una tarea que hasta ahora ha dado escasos resultados.
La incapacidad del gobierno para controlar la agenda legislativa tiene repercusiones que van más allá del ámbito político. El mercado financiero, siempre sensible a la incertidumbre, ha reaccionado con nerviosismo ante estos vaivenes. Los bonos argentinos han experimentado caídas consecutivas, elevando el riesgo país a niveles preocupantes. En el frente cambiario, el Banco Central se ha visto obligado a intervenir masivamente para contener las cotizaciones del dólar, una estrategia que, aunque efectiva en el corto plazo, genera dudas sobre su sostenibilidad.
El ministro de Economía, Luis Caputo, intenta proyectar calma reiterando que "el equilibrio fiscal no se negocia". Sin embargo, la aprobación de medidas como la nueva fórmula jubilatoria pone en jaque esta promesa. La pregunta que flota en el aire es cómo logrará el gobierno mantener su meta de déficit cero si el Congreso continúa aprobando leyes que implican un aumento del gasto público.
Ante este panorama, Milei ha optado por una estrategia de confrontación total. Sus declaraciones, calificando a los legisladores de "degenerados fiscales", lejos de construir puentes, profundizan la grieta política. Esta actitud belicosa, que inicialmente le granjeó apoyo popular, comienza a mostrar sus límites. La decisión de vetar la ley de movilidad jubilatoria, anunciada casi inmediatamente después de su aprobación, refleja la determinación del gobierno de no ceder en su agenda. Sin embargo, esta postura intransigente podría resultar contraproducente a largo plazo, alienando a potenciales aliados y dificultando aún más la gobernabilidad.
La vicepresidenta Victoria Villarruel, quien preside el Senado, se encuentra en una posición particularmente delicada. Su retirada del recinto antes de la votación sobre la fórmula jubilatoria ha sido interpretada por muchos como un intento de desligarse de una derrota anunciada. Este episodio ha puesto de manifiesto las tensiones existentes entre el Ejecutivo y su propia representante en la Cámara alta, alimentando los rumores de desencuentros en la cúpula del poder.
El problema de coordinación legislativa que enfrenta el gobierno Milei no es meramente técnico o procedimental. Refleja una concepción del poder y de la política que choca frontalmente con la realidad institucional argentina. El presidente, acostumbrado a un discurso disruptivo y anti-establishment, se encuentra ahora con la necesidad de operar dentro de un sistema que requiere negociación, compromisos y construcción de consensos.
La situación se complica aún más cuando se considera el panorama electoral a mediano plazo. Con las elecciones legislativas de 2025 en el horizonte, muchos legisladores de la oposición ven en el rechazo a las políticas de Milei una oportunidad para reposicionarse ante el electorado. Esto hace que la construcción de acuerdos sea aún más difícil, ya que cualquier apoyo al gobierno puede ser visto como un costo político por parte de los opositores.
El oficialismo también enfrenta desafíos en el armado territorial. La falta de estructura partidaria en las provincias y las disputas internas por el control de organismos clave como ANSES y PAMI complican las perspectivas electorales de LLA. Estas debilidades organizativas se traducen en una menor capacidad de presión sobre los legisladores provinciales, quienes a menudo responden más a sus gobernadores que a las directivas del gobierno nacional.
A medida que se acerca el primer aniversario de su gestión, Milei enfrenta la disyuntiva de mantener su postura intransigente o buscar un nuevo enfoque que le permita destrabar su agenda en el Congreso. La promesa de una revolución libertaria choca con la realidad de un sistema político fragmentado y una economía en crisis que demanda soluciones urgentes.
El mandatario ya habla de reelección, pero el camino hacia 2027 se presenta escarpado. La capacidad del gobierno para superar estos obstáculos legislativos y construir una base de apoyo más amplia será crucial no solo para el éxito de su administración, sino para la estabilidad política y económica de Argentina en los próximos años.
En última instancia, el país se encuentra en una encrucijada. La combinación de una economía frágil, un Congreso hostil y un estilo de liderazgo confrontativo plantea serios interrogantes sobre la viabilidad del modelo propuesto por Milei. La pregunta que resuena en los pasillos del poder y en las calles de Buenos Aires es si el presidente podrá moderar su enfoque y encontrar un camino de diálogo que le permita implementar al menos parte de su agenda, o si su intransigencia terminará por socavar su propio proyecto político.
El destino de Argentina dependerá, en gran medida, de la capacidad de sus líderes para superar la polarización y encontrar un terreno común. El tiempo dirá si Milei está a la altura de este desafío histórico o si su gobierno quedará como otro capítulo turbulento en la agitada historia política y económica del país. Mientras tanto, millones de argentinos observan con una mezcla de esperanza y escepticismo, esperando que esta vez, de alguna manera, las cosas sean diferentes.
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