Economía Gustavo Rodolfo Reija - CEO NETIA GROUP 31/03/2025

¿Es viable mantener la estabilidad cambiaria como principal ancla antiinflacionaria mientras se agudiza el deterioro competitivo?

En el convulsionado panorama económico que enfrenta Argentina y el mundo, en este primer trimestre de 2025, la escalada del índice de riesgo país hasta los 867 puntos básicos representa mucho más que una métrica financiera aislada

En el convulsionado panorama económico que enfrenta Argentina y el mundo, en este primer trimestre de 2025, la escalada del índice de riesgo país hasta los 867 puntos básicos representa mucho más que una métrica financiera aislada. Este indicador constituye la manifestación tangible de un profundo dilema estructural que trasciende las simplificaciones técnicas: ¿cómo conciliar la estabilidad nominal con la reactivación productiva en una economía periférica y dolarizada?

El deterioro de la percepción externa sobre la deuda soberana argentina ocurre en un contexto internacional particularmente adverso, donde las amenazas proteccionistas emanadas desde Washington generan incertidumbre sistémica. Sin embargo, sería intelectualmente deshonesto atribuir exclusivamente a factores exógenos la creciente desconfianza de los mercados. La caída generalizada en las cotizaciones de los bonos Globales argentinos —con una depreciación promedio del 2,23%— refleja cuestionamientos fundamentales sobre la sostenibilidad del actual esquema macroeconómico.

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La intervención pública del expresidente Mauricio Macri, quien explícitamente propone una modificación del régimen cambiario como alternativa para dinamizar las exportaciones, introduce una dimensión adicional al debate económico. Su diagnóstico sobre el "sufrimiento" del sector exportador articula una crítica implícita a lo que podríamos denominar, siguiendo a Carlos Díaz Alejandro, como la "paradoja de la estabilización sin crecimiento". El mantenimiento de un tipo de cambio rígido en un contexto de elevada presión tributaria configura, efectivamente, un escenario contradictorio donde la estabilidad nominal se contrapone a la viabilidad productiva.

Las tensiones entre estabilización y desarrollo representan una constante histórica en nuestras coordenadas económicas. La disyuntiva actual entre mantener el ancla cambiaria como mecanismo antiinflacionario o permitir un ajuste que mejore la competitividad externa reproduce, con matices contemporáneos, debates estructurales irresueltos sobre el modelo de acumulación argentino.

La negociación con el Fondo Monetario Internacional por un paquete financiero de 20.000 millones de dólares adquiere, en este contexto, dimensiones que trascienden lo meramente técnico. Este acuerdo no sólo determina la disponibilidad de divisas en el corto plazo —cuestión nada menor considerando las tensiones sobre las reservas internacionales— sino que delimita el marco de restricciones dentro del cual deberán formularse las políticas económicas domésticas. La solicitud gubernamental para que el primer desembolso supere el 40% del total evidencia la urgencia por consolidar una posición financiera que permita mantener la estabilidad cambiaria sin continuar erosionando las reservas del Banco Central.

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Desde una perspectiva socialmente consciente, no podemos ignorar que estas discusiones técnicas tienen implicaciones distributivas profundas. La prolongación de un esquema macroeconómico que combina elevada presión tributaria con apreciación cambiaria real genera transferencias regresivas de recursos desde sectores transables —principalmente manufactureros y agroindustriales— hacia actividades no transables, con impactos asimétricos sobre diferentes segmentos poblacionales. Los esquemas antiexportadores terminan invariablemente penalizando la generación de empleo productivo y amplificando las brechas sociales.

El impacto asimétrico de estas configuraciones macroeconómicas se manifiesta concretamente en las declaraciones del directivo automotriz, quien denuncia que "un auto en Argentina paga 54% de impuestos", situación que imposibilita la competitividad internacional. Esta realidad sectorial específica ilustra una problemática sistémica: la construcción de un esquema tributario que, en su afán recaudatorio, termina obstaculizando la inserción internacional y, consecuentemente, la generación sostenida de divisas.

La reciente reducción de aranceles a la importación de indumentaria y calzado añade otra dimensión al análisis. Si bien esta medida puede interpretarse como un intento por reducir presiones inflacionarias vía competencia externa, simultáneamente intensifica el sesgo antiproductor del esquema vigente, especialmente en sectores tradicionalmente intensivos en mano de obra.

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Frente a estos desafíos multidimensionales, emergen interrogantes fundamentales sobre la sostenibilidad del modelo económico en construcción. ¿Es viable mantener la estabilidad cambiaria como principal ancla antiinflacionaria mientras se agudiza el deterioro competitivo? ¿Puede la economía argentina generar suficientes divisas genuinas para sostener sus compromisos externos sin una reconfiguración de sus incentivos productivos? ¿Cuáles son los costos sociales implícitos en la prolongación de un esquema restrictivo?

Estas preguntas trascienden las dimensiones técnicas y nos confrontan con debates sustantivos sobre la economía política argentina. La tensión entre distintos actores gubernamentales y extragubernamentales —evidenciada en las críticas de Macri hacia el "triángulo de hierro" que rodea al presidente— refleja disputas más profundas sobre el modelo de desarrollo, las alianzas sociales subyacentes y la distribución de los costos del ajuste macroeconómico.

Una aproximación intelectualmente honesta a estos dilemas exige reconocer que no existen soluciones perfectas ni libres de contradicciones. La estabilización macroeconómica constituye una condición necesaria pero insuficiente para el desarrollo sostenible. La reconstrucción de condiciones para el crecimiento exportador requiere abordar simultáneamente múltiples restricciones: cambiarias, tributarias, financieras e institucionales.

La experiencia histórica argentina sugiere que los procesos de estabilización exitosos combinan pragmatismo técnico con sensibilidad social, evitando tanto los dogmatismos ortodoxos como las ilusiones heterodoxas. La construcción de un "proyecto nacional" viable demanda articular coherentemente variables macroeconómicas con transformaciones productivas y mecanismos de inclusión social.

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En definitiva, el actual incremento del riesgo país no constituye meramente un fenómeno financiero, sino el síntoma visible de tensiones estructurales no resueltas. La disyuntiva cambiaria planteada por Macri refleja un debate necesario, aunque quizás insuficiente, sobre la arquitectura económica que permitiría transitar desde la estabilización hacia el desarrollo sostenible.

Argentina necesita, urgentemente, trascender las falsas antinomias entre estabilidad y crecimiento, ortodoxia y heterodoxia, Estado y mercado. El verdadero desafío consiste en construir un programa económico integral que reconcilie disciplina fiscal con incentivos productivos, estabilidad nominal con competitividad real, y crecimiento agregado con inclusión social.

Solo mediante esta síntesis creativa será posible revertir la percepción adversa de los mercados y, más importante aún, generar las condiciones materiales para un desarrollo socioeconómico genuino. 

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